Sociedad

Embalses llenos de lágrimas

Los vecinos del casi medio centenar de pueblos anegados por un pantano no olvidan, pese al paso de las décadas, las raíces que dejaron bajo el agua

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En esos primeros días de septiembre de 1967, Urbano cerró la puerta de su casa para no volver a entrar jamás. Tras los giros a la cerradura, encerrada entre las cuatro paredes dejaba para siempre la que había sido toda su vida. En un carro tirado por burros, los baúles con los últimos enseres y miles de recuerdos guardados para siempre en la memoria, con la pena pesando en el alma de que sólo podrían evocarlos, pero consciente de que «no vas a volver a pisar esas calles» para rememorar las vivencias, recuerda Eva, su hija, quien también hace cincuenta años se vio obligada a dejar su Argusino natal, engullido por el embalse de Almendra. Con el agua llamando casi a las puertas de las casas, los vecinos fueron poco a poco abandonando sus viviendas. Ahora, cuando baja el nivel de la presa, los montones aún no desgastados de piedras dibujan lo que un día fue este pueblo zamorano. El de la iglesia «es inmenso» e indica lo que un día fue un templo despojado de sus joyas y en el que las máquinas para su derribo entraron cuando los vecinos aún celebraban con más pena que alegría las últimas fiestas.

«Cuando salimos del pueblo, quedaban poquísimos vecinos», recuerda Eva, quien a sus nueve años tuvo que emigrar con «toda la familia». Su padre, su abuelo y sus tres hermanas, juntos hacia el cercano Pasariegos de Sayago, dejando atrás un lugar en el que «disfruté muchísimo», del que «tengo muchos recuerdos y, sobre todo, mucha pena». «Era como un paraíso», rememora sobre esos días en la anegada huerta de su abuelo entre frutales y el batán a orillas del Tormes desde el que «veíamos como se construía» la presa. Con ella llegó el agua y las lágrimas. «La tristeza tan grande de tener que despedirte de tus amigas que no ibas a volver a ver». Y es que desde Argusino se dispersaron por 29 lugares. «Muchos abrazos y llantos» por el adiós. Y también hace unos días por el reencuentro. Cincuenta años sin verse, y Eva y su amiga Luisita se reconocieron nada más encontrarse. Miles de recuerdos emergieron a la superficie de sus sentimientos sobre esos juegos y carreras en las calles, de la escuela y aquellos días de frío que caldeaban con las ascuas en una lata de sardinas.

Y del «vergel» de Argusino a empezar una nueva vida «partiendo de cero». «Somos los palestinos de España. Ni tenemos tierra, ni pueblo», apunta Eva sobre todos aquellos que han tenido que dejar su raíces anegadas por un embalse. En Castilla y León, casi medio centenar de pueblos duermen bajo las aguas de una decena de pantanos. «Sientes que te falta algo. No se puede describir. Siempre digo que llevamos un poco de tristeza en el alma», recuerda, con la melancolía marcando el tono de su voz.

«Fue más difícil para los mayores», comenta Mari, quien con 19 años también se vio forzada a salir de Argusino con su padres, quienes «no hacía mucho» habían construido una nueva casa que aún estaba sin terminar y que tuvieron que abandonar. Con otras trece familias, llegaron a Cascón de la Nava. Un cambio «como de la noche al día». «No había ni un pájaro ni un árbol», señala Mari, quien no puede evitar que se le salten las lágrimas al hablar de aquellos días del brusco cambio y «recuerdos muy malos» porque «piensas que sales de ahí y no puedes volver». Ella y su padre se fueron unos días antes porque Alfredo, de 66 años, «no lo aguantaba». Jamás volvió por allí. Su madre, Manuela, ya con la casa sin tejado, «porque te obligaban a destejar para que no volviéramos», se quedó «malvendiendo» lo que pudo. Con «lo imprescindible» y las «40.000 pesetas» que les dieron de indemnización llegaron en camión a su nuevo asentamiento. Un invierno por delante sin su lumbre de leña en el que «pasamos más frío que el maestro Armero». Camas, cubas, toneles, herramientas… «todo se quedó allí». «La vida de entonces no era como la de ahora». «El que no lo haya pasado, no lo sabe por mucho que te digan», recuerda aún medio siglo después, con la voz entrecortada.

A 180 kilómetros

Y 70 años han pasado con el recuerdo tan vivo como si fuera ayer desde que aquel 28 de noviembre de 1947 los vecinos de Oliegos tenían que emprender una nueva vida a más de 180 kilómetros de distancia. Los que separaban la localidad leonesa y el nuevo asentamiento en Foncastín, la finca en la provincia de Valladolid adquirida tres años antes por el Instituto Nacional de Colonización para levantar un nuevo pueblo en el que acoger a todos los desterrados por el embalse de Villameca. Una treintena de vagones con los vecinos y sus enseres de las 38 casas desde Porqueros, haciendo noche en León, para llegar a Medina del Campo, y de ahí conocer la que para los entonces jóvenes Pedro, Cristina, José y Elvinda, ahora unidos en dos matrimonios, ha sido su nueva vida. Con «muchos recuerdos» en el petate de esos días de fiesta, de baile… y la resignación y la mirada al frente porque «había que seguir», apunta José, a quien a sus 88 años aún le gusta ir por su tierra natal.

«¡Cómo no voy a echarlo de menos!», exclama Pedro, para quien fue «muy desagradable» tener que cambiar a la fuerza de hogar. Con las compuertas de la presa ya cerradas, emprendieron un viaje «un poco azaroso» y sin retorno desde «el pueblo más bonito». «Ya no me acuerdo como antes», pero con la mente de sus 91 años «todos los días muchas veces» viaja hacia ese lugar en el que « nunca se helaba la fruta». Treinta años hace ya que el benjamín de los pantanos que se llevó por delante algún pueblo comenzó a llenarse: Riaño. Tras décadas conviviendo con la incertidumbre de si era real que el agua inundaría el valle y subiría 50 metros por encima de sus cabezas, el 7 de julio de 1987 el fantasma se hizo carne y Riaño comenzó a desaparecer del mapa, al igual que los otros ocho pueblos leoneses -algunos parcialmente- que también dejaron allí sus «almas». El muro de la presa que desde 1965 estaba allí dejó de ser algo más que una mole de hormigón. Incluso la intervención de la Guardia Civil fue necesaria para mover a los vecinos. Lloros, gritos, impotencia, ver la iglesia desaparecer de una voladura, gente que se resistía, amarrada a los tejados, a salir de su hogar o que prefería quemarlo antes de que una máquina lo convirtiera en escombros, ganado que por inercia volvía al que también había sido su hogar..

Un año antes, los vecinos de Úzquiza, Herramel y Villarobe tenían que salir por el embalse que lleva el nombre del primero. Teófilo y Petra, los carteros, ya con el pueblo prácticamente demolido, fueron los últimos en irse. Tenían que esperar por si alguien echaba una carta en el buzón que Domingo, su hijo, aún guarda de recuerdo. Se quedaron cerca, en Villasur de Herreros, cuyo ayuntamiento va a acondicionar la zona de la fosa común en la que se «echaron» los huesos de los difuntos. «Nos tuvimos que ir por cuatro perras que nos dieron», lamenta Domingo. La antigua carretera de Úzquiza que se ve cuando baja el agua es una de las pocas señales que muestra que ahí hubo un pueblo conservado en fotografías en color.

Los primeros que tuvieron que pasar el trago de dejar sus casas fueron los vecinos de La Muedra, anegado por las aguas del Duero en 1941. Aún hoy, más de setenta años después, cuando el embalse soriano de Cuerda del Pozo está bajo, puede verse la torre de la iglesia de San Antonio. Allí cerca jugaba Marisol «con unos cantitos». Es de los pocos recuerdos que guarda tras marchar con «siete u ocho años». Fueron sus padres y sus abuelos, los últimos en salir por si alguien usaba el buzón, quienes se lo recordaban. Como a Vicente, que a sus 86 años conserva en su memoria esos momentos de volver a ver a su abuelo, una vez que ellos ya habían iniciado su forzada vida en Vinuesa. Ahora, dice que va poco esa zona en la que había 200 vecinos y unas 50 casas.

Dieciséis pueblos duermen desde el verano de 1951 bajo el embalse leonés de Barrios de Luna, entre cuyos restos se puede pasear este año en el que el pide líquido a gritos.

«Fue angustioso»

Con el agua del Sil al borde de las casas, el cerca de medio millar de habitantes de Bárcena del Río y Posada del Río se vieron obligados a salir en el otoño de 1960. Para los niños, que ese verano se bañaron en la presa, «era una experiencia tal vez ilusionante» pensando en una nueva vida, pues allí aún no había llegado -y jamás lo haría- la electricidad y el agua corriente. «Pero no así para la gente mayor», que vivió con «sufrimiento» abandonar su hogar, recuerda Emilio, quien, dejó junto a sus padres y sus tres hermanos su pueblo natal. Conocer nuevos vecinos, dominar las tierras, la casa… «Fue un año muy angustioso porque no hubo producción agrícola». Dispersos por varios lugares, entre quienes se asentaron en el entorno «rara era la semana que no iban a dar una vuelta» y ver como su vida se anegaba. Han pasado los años, Emilio tenía entonces sólo once, pero «la tierra tira» y con una «fuerza que te atrae» por eso «que no vas a volver a ver», regresa con frecuencia a contemplar las aguas que se comieron los primeros años de su infancia. En camiones y carros, marcharon con los «pocos» enseres que pudieron. Salvaron las imágenes de los patronos, San Roque y la Magdalena, a quienes, tirados también por bueyes, siguen venerando en una romería.

«No conoces. No tienes amigos», recuerda Angelines, quien a sus 10 años se vio obligada a salir de Vegamián por las aguas del embalse de Porma (León). Se fueron a Boñar. Quedarse cerca, dice, igual les ayudó en esa nueva vida. «Cuando salimos del pueblo, ya casi llegaba el agua y tuvimos que irnos por otro lado», dice. Atrás toda su vida y el gallo de la veleta que se siguió viendo durante años. Ahora, cada 13 de junio intentan juntarse en torno a la nueva ermita levantada con los restos de la que se ahogó.

«Te tienes que marchar y no tienes nada», recuerda José Antonio, de la última quinta que sorteó en Cenera de Zalima. Nueve en su familia, marcharon para emprender una nueva vida en Aguilar de Campoo. Algo más de 200 vecinos vivían en su pueblo, uno de los tres anegados por el embalse palentino. Bajo las aguas, medio centenar de edificios que José Antonio ha ido dibujando en una libreta. Recuerdos de ese pueblo en el que «la fiesta era terrible». «¡Qué bien lo pasábamos!». En su juventud, él también volvió a esas calles desaparecidas en moto cuando el agua bajaba e incluso en barca. La ermita hoy, con el nivel bajo, se sigue viendo más de medio siglo después.